QUIERO VERME REFLEJADO EN EL ESPEJO DE TU CANCIÓN

Mario Bellatin

Mi cuerpo va en declive. Como una tabla que alguien fuera levantando, poco a poco, hasta ponerla en vertical. Una vez que lo logren habrán acabado conmigo. El ángulo cada vez se acorta más. Mi cuerpo, mientras tanto, se va deformando. Es curiosa la comparación que establezco con una tabla. Plana y lisa. Mi cuerpo se comenzó a deformar hace unos tres años. Creo que fue por acción de los medicamentos, los definitivos, que debo tomar regularmente. Se transforma el vientre. El estómago. El pecho. La parte frontal del cuerpo empieza a tener una no razón de ser. El hombro se angosta, uno en especial, el cuello se hunde, se desalarga. Recurro donde un experto feldenkraisista para que los estire. Debo estar atento. Sobre todo en los periodos en que atiborro mi organismo de medicamentos. Mi relación entonces con el sistema digestivo se agudiza. No debo perder de vista mis excrecencias. La cabeza, la mente, es aparte. Parece ser la zona que más sufre con los cambios. Desde estados convulsivos hasta llegar a pensar que la realidad circundante no existe. A no poder mover la cabeza con violencia porque se empiezan a sentir una serie de rebotes, como ondas que se expandieran hacia el vacío. Y ataques de sueño. Fulminantes. Precisos. Los cuales es imposible no obedecer. Me veo a mí mismo caminando, por las calles de alguna gran ciudad, y entrar a un café para quedarme dormido junto a la taza recién servida. Es tan profundo el estado, y de tan breve duración, que cuando despierto ignoro lo que ha sucedido, tanto a mi alrededor como conmigo mismo. No sé dónde me encuentro y por qué he experimentado tantas imágenes agolpadas. Es cierto, en momentos así aparece dentro de mi cabeza toda una realidad paralela. Intensa y luminosa. Como si las primeras señales del estado fueran el título de una canción, cuya sola mención es capaz de crear los recuerdos más disparatados. Miro mi reloj y constato que no han pasado más de cinco minutos. Mis piernas todavía parecen recordar mis años de ciclista profesional. Cuando recorría cuarenta kilómetros diarios y doscientos los fines de semana. Creo que siguen fuertes. Mi mano derecha me otorgó hace poco una gran sorpresa. Desagradable o, más bien, triste. Yo pensaba que como desde siempre había realizado el doble trabajo que cualquier mano normal, tendría ahora su fuerza duplicada. Fue curioso constatar que, al contrario, se trataba de una mano nada poderosa. Inferior a la media. Sin embargo, nada me duele. Me asusta que a veces me falte el aire, por eso llevo siempre un nebulizador de salbutamol conmigo. Y me asusta también manejar ciertas noches en que no veo bien. Esa suerte de ceguera nocturna, o de vista variable, es secuela de una operación de miopía a la que me sometí en una época en que no se aplicaban rayos láser para las intervenciones. Fue horroroso el mes y medio que duró la recuperación. Mis ojos habían sido sometidos sin más al bisturí. Mi cabeza me la rasuro. Me podría de- jar crecer el pelo, pero no lo hace en forma pareja. Quisiera parar el tiempo. Lograr que estas mutaciones terminasen de una vez y para siempre. Quizá la letra de una canción oída en un tiempo que logró congelarse en una suerte de no tiempo, pueda lograrlo. Al mirarse a través del espejo que un recuerdo presente genera, tal vez sea posible que regresemos al punto original. Al lugar que suponemos nos representa de manera ideal. Observemos cómo opera dentro de nosotros un mecanismo semejante. Aldo Chaparro conoce la manipulación de estas leyes, en apariencia imposibles. Contemplemos, escuchemos, recordemos, y advirtamos que no somos en realidad como el otro nos ve.

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